Shameless es una de esas
series que no se entienden muy bien, una rareza en el panorama televisivo
porque habla de desgracias. A pesar de ello, no lo puedo remediar, me parto de risa. En breves se espera la cuarta temporada de la versión estadounidense.
Si nos detenemos a pensar un poco sobre las series que reflejan la sociedad contemporánea –estadounidense en su gran mayoría pero global en estos tiempos—, veremos que la gran mayoría son modelos vitales a seguir y a imitar, son ideales, y, normalmente, queremos imitar lo que no tenemos: esas casas con su jardincito delante y las dos puertas para meter dos cochazos, a ser posible un “Navigator” y un deportivo-utilitario tipo Infinity en plan moderno y estupendo. Así que en la mayoría de las series encontramos personajes que, en principio, viven tranquilos en cuanto a necesidades económicas se refiere, cosa bastante envidiable en estos tiempos. Sabemos desde hace tiempo que “los ricos también lloran”, pero las lágrimas salen menos amargas cuando se tiene dinero, esa es la teoría.

Esto, pues, es lo más frecuente y, de repente, nos presentan Shameless –me estoy refiriendo a la
versión estadounidense, hay otra británica anterior bastante exitosa, ya van
por la octava temporada—, donde podemos ver las vivencias de la familia
Gallagher en un suburbio de Chicago. La familia está dirigida por la hija mayor
de un matrimonio fallido y cuya cabeza, el padre, es un borracho de campeonato.
Así que los seis hijos, tienen que buscarse la vida y apañárselas solos.
El padre, interpretado por William Macy, Frank Gallagher, es un ser
despreciable y mísero, y lo peor es que no tiene salvación, ya que, por ejemplo, cuando se
decide a dejar el alcohol no lo hace por retomar el mando de su vida o por
cuidar de sus múltiples hijos, sino por una apuesta. La situación es tan
extrema para la familia que cuando ven al padre sobrio no entienden lo que pasa
y no les gusta la persona en la que se convierte sin el alcohol, así que los
hijos mayores, convencidos de la naturalidad de su destino, protagonizan una de
las escenas más duras de la serie, que es emborracharlo de nuevo para que todo
siga como hasta ese momento.
La hija mayor, Fiona, intenta sobrellevar la carga de criar a los niños
más pequeños y tener una vida normal, es decir, no tener que mentir y delinquir
para sobrevivir, aunque lo hacen a menudo. Acuciados por la falta de dinero,
las deudas que el padre deja continuamente en alcohol y otras drogas cuando
puede, las actuaciones del resto de los niños, sobre todo los intermedios,
adolescentes más o menos normales, tienen una gran relación con la novela
picaresca, ya que no les falta ingenio para arreglar cuanto problema les
sacude.
La serie tiene bastantes momentos desagradables y algunos humorísticos,
protagonizados sobre todo por el padre. Los escenarios son reducidos, la casa
donde se encuentran con amigos, amigas –hay bastantes escarceos sexuales hetero y homosexuales, ya que uno de los hijos es gay—, una
pareja de vecinos que les ayudan cuando pueden, y el bar que regenta el varón
de esta pareja.
El mayor interés de la serie reside en mostrar unos personajes que
sufren unos graves problemas económicos y que intentan salir a toda costa –los
hijos claro está— de la vida que les ha tocado vivir.
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